Simple y Hermoso

La simplicidad y la belleza de este proyecto me hacen recordar mis primeros recuerdos de la naturaleza.

«En mi caso particular, la llamada, es decir, los primeros recuerdos que tengo de estar en un entorno no urbano, son en el pequeño huerto de mi abuelo; pasábamos largas mañanas y tardes en aquel huerto. No recuerdo a qué edad empezamos. Arábamos y sembrábamos la tierra. Tomates, lechugas, berenjenas, pimientos, habas, etc. Bajo la sombra de dos pinos. Cuidábamos de las plantas y observábamos cómo crecían. Esperábamos con paciencia que los frutos del huerto estuvieran maduros para recolectarlos. En cierta forma, mi abuelo, al igual que con las plantas, cuidaba de mí y me veía crecer. Aportándome los nutrientes necesarios. Ese alimento que no trae el plato a la mesa.

Era un hombre con una conexión especial con la tierra. Mezcla de rigidez extrema, pasión y amor. También pasión por el sol y por el mar. Un hombre en paz consigo mismo. No cabía duda de su relación con la tierra. Él venía de una familia que trabajaba en sus entrañas. Generación tras generación. Mi bisabuelo no quería que sus hijos y nietos, al contrario que las generaciones anteriores, trabajaran en el interior de la tierra. No deseaba que se dejaran la vida en las minas de Río Tinto en Huelva. Salieron algunos años después de los llamados «sucesos de Río Tinto». En la que fue, según muchos historiadores, «la primera manifestación ecologista de la historia».

Con mi abuelo aprendí los ciclos del día, de las estaciones; es decir, aprendí a mapear la vida en los ciclos naturales. Aprendí a amar la tierra. A cuidar con mimo y rigor de otros seres vivos. Otras entidades que en realidad me cuidan a mí. Son mi alimento, sin ellos no puedo vivir.»

Más tarde, «empecé a ir al bosque más profundo. Rondaría los ocho o nueve años de edad. Me perdía en la inmensidad del bosque mediterráneo. Un bosque caluroso y seco en verano, templado y húmedo en invierno. Al menos solía ser así. Un bosque poblado de vida, en el que destacaban los pinos carrascos que se mezclaban con pinos piñoneros, encinas y alcornoques. Las copas de estos árboles pueblan sus cielos. A media altura, las higueras, y los madroños, más arriba. Romero, tomillo, hiniesta y otras plantas y matorrales creaban hábitats y refugios en el suelo.

Al igual que mi abuelo, el bosque mediterráneo baja a visitar al mar a través de las rocas, rodeando las playas de una grava que se resiste a ser arena, en un vals infinito con el mar. Pequeños cuerpos multicolores que acaban por difuminarse en un cuerpo mayor de color homogéneo. Me recuerdan que los entes individuales, en algunos casos, acaban por difuminarse en la sociedad.

Mis padres, hartos de que yo no llegara a la hora, compraron un silbato, del tipo de los que se usan para llamar a los perros. Tenía un sonido agudo. Asunto solucionado. No tenía que estar pendiente del tiempo, me podía dejar perder en los eternos momentos del bosque. Recuerdo con especial cariño mis paseos entre los helechos, sumergido entre sus ramas verdes y retorcidas, en otoño e invierno. Las esporas de su parte interior aún me recuerdan a las ventosas de las patas de los pulpos. Dejándome llevar por lo que encontraba, empecé mi particular museo sin nombre. Quizá hoy puede ser el museo de los objetos naturales de los momentos vividos en el bosque. Huevos rotos, testigos de un nuevo ser; nidos en el suelo, vestigios de un nuevo ciclo; huesos de animales, como el traspiés de una vida; piedras de formas extrañas y plumas de colores.

Empecé a saborear la humedad en mi piel, en mis huesos, en los zapatos y calcetines humedecidos por el agua que se filtraba al caminar entre la hierba mojada. A disfrutar de la ropa empapada por el agua de las lluvias de invierno en contacto con el calor de mi cuerpo. A tocar y sentir las texturas de las hojas y de las cortezas de los árboles. Oír el ruido del bosque y aprender cómo este marca la actividad del día y de la noche. El cuco y los búhos se turnaban. Las gaviotas sobrevolaban las rocas con sus agudos sonidos. Con sus graznidos indicaban que la tormenta estaba al llegar. Aprendí a viajar por los olores del bosque y a observar sus colores, de ilimitados tonos de verdes, marrones, azules, grises… A saborear la luz del bosque y la textura del aire. A rastrear animales; a rastrear su historia diaria. A seguir mi intuición. A dejar que la tierra guiara mis pasos y mis sueños. Que marcara el movimiento lento de mis tendones y músculos. Que asegurara mis pasos. Aprendí a disfrutar del bosque. En el bosque me sentía en casa. Hasta que tocaban el silbato o mi estómago llamaba a replegarse.»

Nunca pensé que esta pasión se convertiría en mi trabajo, esa pasión acabaría teniendo un nombre: Baños de Bosque y Terapia de Bosque. Una forma en que podemos apoyar a las personas a mejorar su salud y bienestar. Además, prevenir el estrés, la depresión, el agotamiento, entre otras cosas.

Extracto de «Sentir el bosque: La experiencia del Shinrin-Yoku (baño de bosque)», Alex Gesse, Grijalbo, editado por Penguin Random House Editorial Group.

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